miércoles 14 de octubre de 2009

Hija de Orilion.

La laguna reposa entre las paredes rocosas de la montaña, como si alguien hubiera hecho un hueco profundo en su cúspide para depositarla allí. El agua es negra. Tan negra que emite un reflejo perfecto de las rocas que la rodean. Silba el viento en la cumbre. Pero a orillas de la laguna tan solo corre una brisa fresca que hace titilar levemente a las pequeñas flores que crecen en los bordes.

La habitación está prácticamente a oscuras. La única luz que rellena los contornos de las cortinas es anaranjada. Proviene de la farola de la esquina de la calle.
Aunque no está completamente dormida, tampoco está despierta. La sangre le bombea con violencia. Oye su respiración agitada. Y sin embargo se siente sumida en un sopor parecido al de las noches de verano en las que no se mueve ni un ápice de aire. Comienza a dolerle la cabeza. Le duele el cuerpo. Como si sus músculos o sus huesos estuvieran siendo golpeados, estirados y ajustados a un nuevo contorno.

El agua se mece en un suave oleaje, que lame las rocas situadas al borde con un sonido casi imperceptible. El silencio cubre la superficie del agua, sin que el viento que se arremolina en las alturas perturbe la tranquilidad de la laguna.

No sabe si es de día o de noche. Pero necesita salir de la cama. El dolor que le ha martilleado durante horas ha remitido a un leve cosquilleo que comienza en la planta de sus pies y termina en la coronilla, donde siente su pelo erizado. Sea lo que sea lo que le ocurre, no está intranquila. De algún modo comprende que ha permanecido esperando ese momento durante mucho tiempo. Se desprende del pijama y busca a oscuras unos vaqueros y una camiseta. Mientras termina de abrocharse los pantalones, se da cuenta de que su cuerpo ha adquirido una musculatura muy definida. Se acaricia los brazos. Parece que su piel está adherida a sus músculos como formando una coraza infranqueable. Busca las llaves del coche.

El viento frío hace que sienta el sudor como miles de agujas clavándosele en la piel. Tiene los músculos de las piernas tensos y calientes. El ejercicio que supone el ascenso por la ladera de la montaña, le ha expandido los pulmones que reciben el aire frío y limpio. Huele a tierra. A roca. Minerales. Huele a los pequeños arbustos que crecen en las alturas. Huele el agua negra.

Los motivos que le han llevado a aquel lugar le resultan imposibles de explicar. Debería estar aterrorizada. Y sin embargo no recuerda haberse sentido jamás más tranquila que en ese ascenso a una laguna que no ha visto jamás y que, sin embargo, conoce a la perfección. Su cuerpo ha cambiado. Sigue cambiando a cada paso que da. No ha parado de transformarse desde que los latidos en la sien se mezclaban con la luz de la farola sin que ella acertara a distinguir si estaba despierta o dormida. El habitáculo del coche se le había ido haciendo cada vez más pequeño mientras conducía, en medio de la oscuridad, por la antigua carretera hasta las viejas pistas de esquí. Piensa en cual será su aspecto en ese preciso momento. En cómo será cuando llegue al agua.

Flotarás sólo si eres su hija.

Detiene sus pasos para descalzarse en un punto indefinido en la montaña. Sus pies se han ensanchado, sus uñas son más oscuras y fuertes. Su piel es extremadamente blanca.

Flotaré.

Al asomarse al borde, contempla la ilusión óptica que genera la oscuridad de la laguna. La luna está sobre su cabeza y a sus pies. Las nubes corren por el cielo y se arrastran veloces por el interior de la montaña. Por fin ha llegado.

El frío del agua lo cubre todo con un estallido rápido. Su cuerpo se adentra en la oscuridad del agua, resaltando aún más la blancura que ha adquirido su piel en las últimas horas. Todo se vuelve sordo. El viento para. Siente la pesadez de su cuerpo hundiéndose más y más. Las burbujas de aire ascienden raudas a la superficie llenándolo todo de destellos de color ámbar. El agua, que ha entrado a través de sus fosas nasales por la violencia del choque contra la superficie, tiene un sabor metálico. Cierra los ojos.

Flotaré.

Una bocanada de aire le llena los pulmones como si fuera la primera vez que respira. La brisa que corre por la superficie le parece cálida en contraste con el contacto helado del agua. La oscuridad está llena de matices, que le hacen parpadear varias veces para asegurarse de que no son las gotas de agua que le corren por el rostro, las que están desvirtuando su visión, llena de los colores apagados que a partir de ese momento va a aprender a distinguir y a apreciar.

Bienvenida. Bienvenida. Bienvenida.

Voces cantarinas comienzan a llenar su cabeza de sonidos. Son voces hermosas. Armónicas. Elegantes. Pausadas. Cristalinas. Son las voces de los seres que, aferrados a las paredes rocosas, la contemplan con sus ojos cubiertos de un humor blanquecino. Una luz débil, que se va volviendo cada vez más resplandeciente cuanto más la mira, proviene de sus cuerpos blancos. Desnudos. Extremadamente musculosos.

Bienvenida, hija de Orilion.

miércoles 23 de septiembre de 2009

¿Qué duele más?

La traición es la puñalada que se da por la espalda. Pero también lo es esa otra que estás viendo venir. ¿Qué cuál duele más? Yo lo tengo claro. La que ves venir. Porque cuando te dan la puñalada, entras en una red de tiempo y espacio vacíos. No hay dolor. No hay sonido. Ni siquiera hay color. Luego, poco a poco vas saliendo de ese limbo suspendido de la nada y comienza a palpitar la herida. Y duele. Pero de lo que más se resiente uno es de haberlo estado viendo venir y no haber dejado de confiar y de dar soporte al traidor, al que nunca has dejado de mirar a los ojos.

lunes 14 de septiembre de 2009

Fichas en el tablero.

Dolor de cabeza. Busca las fichas y forma la palabra sobre el tablero. Headache.
-No vale.
-¿Por qué?
-Porque tienes que decidirte en qué idioma quieres jugar. No puedes formar primero la palabra “quebranto” y que ahora me salgas con “headache”.
Mira las fichas de color hueso. Será por el dolor de cabeza por lo que no se concentra. Debería haberse tomado algo más fuerte; el paracetamol esta vez no le va a ayudar en nada.
-Eso tampoco vale.
-¿El qué no vale?
-El movimiento que acabas de hacer. El alfil sólo se mueve en diagonal.
Mira el tablero. ¿A qué estábamos jugando? Contempla el alfil, de color hueso, que recoloca en el escaque correcto. Percibe como su contrincante asiente con la cabeza. Aunque por cómo continúa mirándola, ya sabe que ella perderá la partida. No sabe jugar al ajedrez y ese maldito dolor de cabeza no le va a permitir pensar con claridad.
-¿Quieres un café?
-Eh… Bueno, sí, ¿por qué no? Aunque yo nunca tomo.
-Lo sé, por eso he preparado una cafetera antes de que vinieras.
Con las piezas que descansan fuera del tablero puede formar la palabra cafeína. Cierra los ojos. Empieza a sentirse mareada. ¿Por qué nada tiene sentido?
-¿Lo vas a querer solo o con leche?
Abre los ojos.
-Solo. Pero con mucho azúcar. Creo que me estoy mareando.
Escucha el tintineo de la taza sobre el plato. Escucha el café vertiéndose en la taza y huele su aroma. El fluir del líquido oscuro parece hipnotizarla. Contempla las pompas que se forman alrededor de las paredes de la taza. El nivel del café comienza a subir muy rápido y termina desbordándose.
-Estás… El café… Se ha salido.
-No te preocupes, ahora viene Mosh y lo limpia.
-¿Quién es Mosh?
-El gato.
Se sienta de nuevo frente a ella y sorbe el café con una tranquilidad pasmosa. Ella no se atreve a tocar su taza, que reposa en un charco negro a punto de salirse también del plato.
-Ya tiene azúcar, no te preocupes por removerlo, que no se saldrá más.
Levanta su taza y bebe. Hacía mucho tiempo que no tomaba café. El sabor es dulce, como los caramelos de crema de café. El primer sorbo, rápido y corto, le sabe delicioso. Comienza a beber más deprisa. Pero de repente se para. Prefiere condurarlo. Está demasiado bueno como para terminarlo de un trago.
-No te quedan demasiadas fichas. Vas a tener que esforzarte. Y recuerda que sólo puedes saltar con el caballo.
Mira de nuevo sus fichas: equino. ¿Pero no era cafeína hace unos minutos?
Sin saber de dónde ha salido, un hermoso gato gris se pasea por el borde de la mesa, directo hacia su taza rebosante. No hace ningún sonido. Su cuerpo parece ingrávido. Extremadamente elegante. Es tan hermoso que parece irreal. Su pelaje ondula con los movimientos de sus patas. Es gris. Como la ceniza. Y sus ojos son verdes. Imponentemente verdes. Como las esmeraldas, aunque ella intenta buscar otra comparación, porque nunca le ha gustado la expresión “verde esmeralda”. El felino comienza a lamer el café de su plato. Y ella no puede evitar arrepentirse de no habérselo bebido de golpe. Ahora no se atreverá a beber lo que quede en la taza, si es que queda algo, porque el gato hace desaparecer el café rápidamente con su rosada y fina lengua.
-Le encanta el café.
-Ya veo.
El cuerpo del gato le impide ver las fichas que tiene reservadas para la siguiente palabra. Contempla todas las que quedan en el tablero. Son sus alfiles de color hueso y la reina negra de su contrincante. Comienza a buscar en su mente palabras relacionadas con el ajedrez. ¡¿Por qué no prestaría más atención cuando le intentaron enseñar a jugar al ajedrez?! Enroque. ¡Pero si no hay torre!, ¡menudo disparate!
-No te preocupes.
Mira fijamente a su contrincante, que no ha abierto la boca.
-¡Psch!, aquí, soy yo. He dicho que no te preocupes.
Es el gato quien le habla. No puede creerlo. El dolor de cabeza debe de estar alcanzando cuotas inauditas. Aunque si lo piensa, parece haber remitido a un leve zumbido en los oídos.
-No te preocupes por ella. No merece la pena. No tenéis el mismo orden de prioridades. Tú crees que últimamente no compartíais muchas cosas. Sin embargo lo que debes comprender es que nunca compartisteis ninguna. Ella no es la persona que creíste conocer. Porque la que conociste, era sólo la imagen que generabas tú reflejada en ella. Como un espejo. ¿Lo entiendes?
-Yo… Sí… Comprendo, pero tú… ¿Cómo lo sabes?
-Yo sé muchas cosas porque me bebo vuestros cafés.
Claro, tiene sentido.
-Te toca formar palabra. Es tu turno.
Su contrincante la mira desde el otro lado de la mesa. Espera una gran respuesta. Que ella probablemente no puede proporcionarle porque no le quedan demasiadas fichas. El gato se retira de la taza de café, que ha dejado totalmente vacía y reluciente, como si jamás hubiera contenido líquido alguno. Entonces contempla un montón enorme de fichas. Cientos de letras. Numerosas vocales. Innumerables consonantes. Tiene para elegir. Para formar la palabra que quiera. Para escribir frases. Párrafos. Páginas.
-Es que…
-¿Qué?
-Que no lo entiendo. No tiene sentido.
-¿No?
-No.
-Por eso ella no debe preocuparte.
Ya no es capaz de distinguir quien de los dos le habla; si es su contrincante quien le dirige esas palabras, o el gato que se ha tumbado a su lado de la mesa para lamerse una de las patas delanteras.
-No te preocupes. El dolor de cabeza se pasará. Estás soñando.

martes 8 de septiembre de 2009

Lo que somos en el fondo.

Si hay una frase que no soporto es: “No, pero si en el fondo es buena persona”. Me hierve la sangre. Me cambia la cara. Me toca las narices. Porque en esa frase, por lo visto, se encierra toda la bondad tolerante necesaria para hacer la vista gorda con el/la gilipollas de turno. Y se ve que yo no estaba en la fila correspondiente cuando la repartieron. Porque mi tolerancia, que no bondad, sólo me permite morderme la lengua para no decir cuatro cosas, probablemente merecidas aunque nunca bien recibidas, a la persona a la que, encima, tengo que agradecer que no sea un sanguinario genocida. Así que lo dicho: si hay algo que me saca de mis casillas es que, después de que un tocapelotas ejercite sus cualidades, venga un bondadoso tolerante a decirme: “Venga, déjalo, si en el fondo no es mala gente”.

lunes 7 de septiembre de 2009

Umbral.

Espero. Uno. Dos. Tres. Delante de una puerta que no quiero que se abra. Sé lo que me espera cuando me reciban. Lo sé y no lo quiero. Me da asco y no puedo evitarlo. Espero. Uno. Dos. Tres. Ya no soy una niña. Hay cosas que hay que hacer y aguantarse si a uno no le apetecen. No debería ni siquiera no apetecerme. ¿De qué vas, niñata? Ay que joderse, ahí plantada esperando a que la puerta no se abra. Desagradecida. Espero. Uno. Dos. Tres. Olor. El olor es tremebundo. La puerta se ha abierto. Me recibe una sonrisa que apenas puedo devolver. Quiero sonreír y ser cariñosa. Agradecer como se debe. Trasmitir el cariño de los recuerdos del pasado. Pero ese olor me frena. Huele a… ¿A qué huele? No lo pienses. Ya lo sabías. Sonríe. Dos besos. No respires. ¡Qué olor más espantoso! Sé que cuando me adentre en el recibidor, el olor me engullirá por completo. ¿Cómo es posible vivir así? ¿Síndrome de Diógenes? No, pero casi. ¿Lo de esa mesa es un trozo de queso? ¿Por eso este olor tan agrio? No mires, o al menos que no se note que miras. Y no lo pienses. Si en el fondo no es tan malo. No, gracias, no quiero sentarme, si me voy ya, que se me ha hecho tarde. Mentirosa. Respira despacio. Como si no lo olieras. Como si no lo vieras. Aunque eso de ahí, ¿son cubiertos sucios? Joder, ¡qué escrupulosa eres! Ni que te fueras a morir por esto. De verdad, te lo agradezco mucho pero tengo que irme. La ceniza solidificada del cenicero debe de llevar incrustada así meses. Por eso el olor es tan difícil de describir, porque todo huele de manera nauseabunda. Tengo que salir de aquí. Mis recuerdos de la infancia evocan mejor el cariño con los encuentros en la calle. Al aire libre. ¿Dónde está el umbral de una vida así? ¿Qué te lleva a cruzarlo? Respira. La puerta ya se ha cerrado. Aunque el olor continúa. Espera. Uno. Dos. Tres.