La laguna reposa entre las paredes rocosas de la montaña, como si alguien hubiera hecho un hueco profundo en su cúspide para depositarla allí. El agua es negra. Tan negra que emite un reflejo perfecto de las rocas que la rodean. Silba el viento en la cumbre. Pero a orillas de la laguna tan solo corre una brisa fresca que hace titilar levemente a las pequeñas flores que crecen en los bordes.
La habitación está prácticamente a oscuras. La única luz que rellena los contornos de las cortinas es anaranjada. Proviene de la farola de la esquina de la calle.
Aunque no está completamente dormida, tampoco está despierta. La sangre le bombea con violencia. Oye su respiración agitada. Y sin embargo se siente sumida en un sopor parecido al de las noches de verano en las que no se mueve ni un ápice de aire. Comienza a dolerle la cabeza. Le duele el cuerpo. Como si sus músculos o sus huesos estuvieran siendo golpeados, estirados y ajustados a un nuevo contorno.
El agua se mece en un suave oleaje, que lame las rocas situadas al borde con un sonido casi imperceptible. El silencio cubre la superficie del agua, sin que el viento que se arremolina en las alturas perturbe la tranquilidad de la laguna.
No sabe si es de día o de noche. Pero necesita salir de la cama. El dolor que le ha martilleado durante horas ha remitido a un leve cosquilleo que comienza en la planta de sus pies y termina en la coronilla, donde siente su pelo erizado. Sea lo que sea lo que le ocurre, no está intranquila. De algún modo comprende que ha permanecido esperando ese momento durante mucho tiempo. Se desprende del pijama y busca a oscuras unos vaqueros y una camiseta. Mientras termina de abrocharse los pantalones, se da cuenta de que su cuerpo ha adquirido una musculatura muy definida. Se acaricia los brazos. Parece que su piel está adherida a sus músculos como formando una coraza infranqueable. Busca las llaves del coche.
El viento frío hace que sienta el sudor como miles de agujas clavándosele en la piel. Tiene los músculos de las piernas tensos y calientes. El ejercicio que supone el ascenso por la ladera de la montaña, le ha expandido los pulmones que reciben el aire frío y limpio. Huele a tierra. A roca. Minerales. Huele a los pequeños arbustos que crecen en las alturas. Huele el agua negra.
Los motivos que le han llevado a aquel lugar le resultan imposibles de explicar. Debería estar aterrorizada. Y sin embargo no recuerda haberse sentido jamás más tranquila que en ese ascenso a una laguna que no ha visto jamás y que, sin embargo, conoce a la perfección. Su cuerpo ha cambiado. Sigue cambiando a cada paso que da. No ha parado de transformarse desde que los latidos en la sien se mezclaban con la luz de la farola sin que ella acertara a distinguir si estaba despierta o dormida. El habitáculo del coche se le había ido haciendo cada vez más pequeño mientras conducía, en medio de la oscuridad, por la antigua carretera hasta las viejas pistas de esquí. Piensa en cual será su aspecto en ese preciso momento. En cómo será cuando llegue al agua.
Flotarás sólo si eres su hija.
Detiene sus pasos para descalzarse en un punto indefinido en la montaña. Sus pies se han ensanchado, sus uñas son más oscuras y fuertes. Su piel es extremadamente blanca.
Flotaré.
Al asomarse al borde, contempla la ilusión óptica que genera la oscuridad de la laguna. La luna está sobre su cabeza y a sus pies. Las nubes corren por el cielo y se arrastran veloces por el interior de la montaña. Por fin ha llegado.
El frío del agua lo cubre todo con un estallido rápido. Su cuerpo se adentra en la oscuridad del agua, resaltando aún más la blancura que ha adquirido su piel en las últimas horas. Todo se vuelve sordo. El viento para. Siente la pesadez de su cuerpo hundiéndose más y más. Las burbujas de aire ascienden raudas a la superficie llenándolo todo de destellos de color ámbar. El agua, que ha entrado a través de sus fosas nasales por la violencia del choque contra la superficie, tiene un sabor metálico. Cierra los ojos.
Flotaré.
Una bocanada de aire le llena los pulmones como si fuera la primera vez que respira. La brisa que corre por la superficie le parece cálida en contraste con el contacto helado del agua. La oscuridad está llena de matices, que le hacen parpadear varias veces para asegurarse de que no son las gotas de agua que le corren por el rostro, las que están desvirtuando su visión, llena de los colores apagados que a partir de ese momento va a aprender a distinguir y a apreciar.
Bienvenida. Bienvenida. Bienvenida.
Voces cantarinas comienzan a llenar su cabeza de sonidos. Son voces hermosas. Armónicas. Elegantes. Pausadas. Cristalinas. Son las voces de los seres que, aferrados a las paredes rocosas, la contemplan con sus ojos cubiertos de un humor blanquecino. Una luz débil, que se va volviendo cada vez más resplandeciente cuanto más la mira, proviene de sus cuerpos blancos. Desnudos. Extremadamente musculosos.
Bienvenida, hija de Orilion.
Hace 3 semanas
