miércoles 2 de marzo de 2011

Los planes no se improvisan.

La llave de contacto gira con suavidad. El motor arranca. Primera. Segunda. Tercera. Todo lo que hay al otro lado de la ventanilla, comienza adquirir velocidad. Cinco minutos para las dos.

-Yo no quiero saber nada de armas, ¿me entiendes? Conduzco y punto.
-Vamos a ver, ¿estás o no estás? Cógela.
-Déjala, joder, no ves que no tiene ni puta idea de estas mierdas.

Las manos le tiemblan sobre el volante. Y sudan. Una mujer con un carrito comienza a cruzar el paso de cebra. Duda. El pedal del freno parece haberse desplazado un poco más a la izquierda de lo que estaba antes. El coche se detiene dando varios tirones.
-Son los nervios. Cálmate. Vamos, cálmate. No tienes más que conducir hasta allí- Se mira en el retrovisor. Tiene la frente perlada de sudor –Las gafas. No te has puesto las gafas- Rebusca en la guantera. Se ajusta las gafas de sol de pasta negra mientras la mujer del carrito termina de cruzar la calle.

-No vamos a tardar más de quince minutos. Te quiero en la puerta a las dos y cuarto. Y cuando digo las dos y cuarto, digo las dos y cuarto, y no a las dos y diez, y que te vea todo el pueblo esperando frente al banco. ¿Me coges?

Primera. Segunda. Tercera. Cambio de rasante. El océano. Las gaviotas vuelan sobre la zona de descarga del puerto. Tendría que haberle convencido de que se quedaran a vivir allí, olvidarse del banco. Y de Mario. El mar podría traerles el golpe de suerte que necesitan. Nunca se sabe.

-Tu amigo es un gilipollas. Y lo sabes.
-Tranquila, es un buen tipo, sólo que se pone un poco tenso con estas cosas. Arriesga mucho.
-Como todos. No te olvides.

Las dos y cinco. Diez minutos para y cuarto. Duda sobre el cálculo del tiempo que han repasado mil veces durante los últimos tres días. Tal vez ha ido más rápido de lo que debería a las afueras del pueblo. Si gira a la derecha por la calle que se abre unos metros más adelante, seguramente pueda volver al punto donde se encuentra y retrasar un poco su llegada. Desde donde está, ya puede ver la sucursal.

-No quiero una jodida improvisación en este baile. Los planes no se improvisan. Por eso son planes. Para improvisar te esperas a que yo haya sacado mi trasero del banco y estemos a cien kilómetros de aquí.

El intermitente repiquetea. Gira a la derecha. Es una calle estrecha. Primera. Segunda. Prohibido girar a la izquierda. Perfecto. El intermitente repiquetea de nuevo. Gira a la derecha por segunda vez. Otra calle estrecha. Sus ojos se topan con una furgoneta. Está en medio de la calle, cortándola. Tiene las puertas abiertas de par en par, cargada hasta arriba de rollos y rollos de telas. De todos los colores. Frena en seco. El corazón comienza a latirle a mil por hora. Mira a un lado y a otro. De uno de los comercios de la calle sale un hombre que se dirige a la furgoneta. Descarga un rollo de tela.
-Disculpe. Oiga. ¡Perdone!
-¿Eh?
-Necesito pasar.
-Sí, claro, guapa. Cinco minutitos.
-No, verá, yo necesito pasar ahora.
El hombre entra en la tienda con la tela al hombro.

-Cuando yo te diga, sales cagando leches. Te subes al coche por la puerta de atrás. Yo iré delante.

-Necesito pasar YA. Joder. Joder. ¡Joder!
Golpea el volante con las dos manos. Comienzan a picarle por el hormigueo del golpe. Marcha atrás. Suelta el freno. Acelera. Mira por el retrovisor. Un golpe seco inunda sus oídos. Se desplaza hacia delante a pesar de que lleva puesto el cinturón de seguridad. Silencio. Ve un vehículo justo detrás.

-Buenos días, señorita. Si es tan amable, ¿me deja sus papeles?
-Ah, sí, sí. Por supuesto. Los papeles… Están, verá el coche es alquilado, es alquilado, ¿sabe? Yo, yo no… no soy de aquí, ¿sabe?
-Perfecto, perfecto. Los papeles, señorita. Si es usted tan amable.
Nota como el sudor se acumula encima de su labio superior. Sus axilas comienzan a mojarse. Una gota fría se escurre entre su cuerpo y el sujetador. Resbala por su tripa. Los pantalones se le pegan a los muslos.
-Señorita, tranquilícese. ¿Se encuentra usted bien?
-Sí, sí. Estoy bien… Tenía que pasar simplemente y no ví… Yo no… Lo siento es que yo…
Los oídos se le taponan en un zumbido ensordecedor. Las dos y trece. Los planes no se improvisan. No quiere un puto fallo en su jodido baile. Las dos y cuarto. Huele el mar. Oye las gaviotas. Tenía que pasar. Simplemente tenía que haber pasado ya.
-¿Por qué tenía tanta prisa?
Los planes no se improvisan.
-¿Señorita?
Por eso son planes.

3 comentarios:

  1. Lo que sucede cuando Renné Zellweger se introduce en Reservoir Dogs (quizá).

    Me ha encantado la narrativa, y lo bien que consigues transmitir el nerviosismo de la protagonista. Tus frases cortas ganan en densidad y sugerencia a cada relato.

    Y me quedo con el momento en el que, empezando a pasear alrededeor del pueblo con el coche, irrumpe la visión del océano y las gaviotas. Del todo sorprendente.

    ResponderSuprimir
  2. me ha encantado me encantaria saber si ya has creado toda una novela solo sobre tu estilo de narrar y escribir cada palabra letra trasmite algo como poder ver una pelicula, me encantaria sin duda leer algo mas largo de ti...

    ResponderSuprimir