-¿Tú crees que ha sido feliz?
-¿Quién, la abuela?
-Sí.
-Pues no sabría qué decirte.
El sonido de la cafetería rellena los huecos de su conversación. Batas blancas, uniformes verdes y todo tipo de indumentaria de pacientes o familiares se colocan en fila, arrastrando las bandejas por la repisa de la barra, esperando su turno para la caja.
-Me sorprende cómo habla de su pasado, parece que lo ha cambiado por completo. Obvia a personas que jugaron un papel muy importante en su vida, y me refiero en concreto al abuelo, que parece no querer recordarlo… Da la sensación de que por fin se siente libre para hablar con su propia voz, para decir lo que le hizo infeliz, para quejarse. Es como si ahora estuviera diseñando la vida que quiso vivir y por la que no se atrevió a luchar…
-Es difícil valorarlo. Con el grado que tiene de alzheimer, es muy complicado saber cuánto hay de su subconsciente retocando el pasado y qué hay de puro azar; de simple desconexión neuronal.
-Ya, lo entiendo… Pero no puedo evitar pensar estas cosas cuando estamos con ella; me refiero a cuando la escuchamos hablar de esa vida que no ha tenido, borrando y cambiando cosas que de alguna manera a mí me parece inconscientemente voluntaria… Supongo que es absurdo lo que digo; habla el alzheimer y no ella, pero…
Suena el móvil que está sobre la mesa de al lado. La dueña, una mujer de unos cincuenta y tantos años, levanta los ojos por encima de las gafas que se le han resbalado por el puente de la nariz y mira la pantalla. Con movimientos pausados lo coge y, tras una conversación corta, cuelga, cierra el libro y se levanta. Sobre la mesa queda una taza con restos de alguna infusión, probablemente té, el sobre del azúcar perfectamente doblado, como si fuese un acordeón, y una tetera metálica que ha rebosado su contenido, que se habrá enfriado sobre el pequeño plato blanco.
-No sabía que estuvierais aquí.
-Siéntate, estamos tomando algo. ¿Qué tal te encuentras?
-Cansada.
-Se te nota en la cara, deberías irte a descansar. Ella está bien. Desubicada pero bien.
-Lo sé… Ahora me marcho, pero antes tomaré algo caliente.
-Quieta, no te molestes, me voy a pedir otro café, ¿qué quieres?
-Una manzanilla, por favor. Toma dinero.
-Anda, anda…
Un grupo de personal del hospital toma la mesa que la mujer con gafas de vista cansada acaba de abandonar. ¿Médicos? Más bien enfermeros. Traen cafés, bollos y alguna coca cola. Son ruidosos, hablan más alto que la mayoría de los familiares que están en la cafetería. Para ellos estar allí, no tiene más connotación negativa que la de estar en la cafetería del trabajo.
-Me estaba comentando, antes de que llegaras, que no puede evitar tener la sensación de que la abuela ha eliminado partes de su vida con las que parece no sentirse especialmente feliz; como si no sólo fuera el alzheimer el que cambia las cosas de sitio.
-No me digas más. Yo también lo he pensado. ¿Cómo es posible que de alguna manera asuma que ha tenido hijos, pero elimine por completo tantos años de matrimonio? Cuando habla de él, parece que lo hace con algún antiguo resquemor y la verdad…
-Es que es difícil de entender, y no me refiero a no entender lo que hace su enfermedad, sino a no entender el motivo por el que de unos años a esta parte todo parece un infeliz conformismo. Él no era un hombre machista, para ser un hombre de su época… Tendría sus cosas, pero…
-Pero nosotras nunca sabremos realmente lo que fue. Ni lo que fue él, ni lo que fue ella.
El grupo de enfermeros de la mesa recibe efusivamente a otras dos colegas que se acercan a la mesa. Buscan sillas para poderse incorporar al grupo y, tras pedir permiso por distintas mesas para llevarse las sillas vacías, se sientan y comienzan a comer los donuts que hay en el centro de la mesa.
-¿De qué hablabais?
-De lo que me estabas comentando de la abuela y de esa supresión de partes de su vida como si de algo casi voluntario se tratara.
-Yo también lo había pensado.
-¿Ah, sí? A mi me llama mucho la atención, pero claro, con esta enfermedad todo es posible…
-Desde luego no podemos negar lo evidente, pero también es cierto que en estos últimos años parece haber aflorado en ella esa persona que antes nunca levantaba la voz…
-Pues a buenas horas…
-No seas tan dura con ella, las mujeres antes no eran lo que somos ahora.
-Ya, pero es que cualquiera que nos oiga se pensará que su marido la tenía anulada, y sinceramente, nada más lejos de la realidad que eso.
-Yo ya lo he dicho antes: nunca sabremos lo que fue.
-¿Qué quieres decir?
-Nada, joder, sino que simplemente ser sus nietas no nos permite saber a ciencia cierta quiénes fueron en realidad y qué ocurrió entre ellos.
-¿Realmente crees que no les conocemos? ¿No son esas personas de las que nuestros padres han aprendido unos valores, que a su vez nos han intentado trasmitir a nosotras?
-No lo sé, lo que digo es que imagínate que cualquiera de los dos pudiera sentarse a esta mesa con la misma edad, más o menos, que tenemos nosotras ahora. ¿Les reconoceríamos? ¿O nos encontraríamos con dos personas a las que realmente no conoces porque simplemente han ejercido de tus abuelos?
:)
ResponderSuprimir