miércoles 19 de mayo de 2010

La Señorita Groucott.

La Señorita Groucott planta margaritas en la parte delantera del jardín. Las margaritas son de un blanco impoluto. Con el centro amarillo, como el sol. Hace muchos años que ya no brilla sobre ella el astro abrasador de España. Por eso lo aparta de sus pensamientos y se concentra en las flores.

Las rodillas raspadas de Gerardo estaban cubiertas de piedrecitas y de sangre. No se atrevía a balancear las piernas como hacía habitualmente cuando entraba corriendo en la cocina y se sentaba en la enorme mesa de madera del centro, a esperar el pan tostado con azúcar que Manuela le servía cada tarde de merienda.
-Niño, hoy llega tu nueva maestra.
-Ummm…
-Tu padre ha dicho que vas a aprender por fin inglés como buen hijo de tu madre.
-Yo no quiero aprender inglés, Nuela.
-No digas tontadas, niño, tú tienes que aprender la lengua de tu madre y san se acabó.
-Mi madre está muerta. Y no voy a poder hablar inglés con los hijos de la Hortensia.
-Pues lo hablas conmigo, niño. Porque tú vas a aprender inglés como que me llamo Manuela Torralba.
-¡Pero si tú no sabes ni jota de inglés!
-Yo no sabré ni jota de muchas cosas, niño, pero de otras sé más latín que el Señor Párroco, ¿estamos? Anda, déjame ver esa herida, que no puedes ir por ahí sangrando como un cochino – Manuela soltó un cachete sobre la parte del muslo que el pantalón corto de Gerardo dejaba al descubierto -¿No eres ya muy mayorcito para andar desollándote las rodillas?

La Señorita Groucott retira los matojos que han comenzado a salir entre los pensamientos. Son hojas verdes. Frágiles. Y gráciles. Se curvan con delicadeza, como cintas delgadas, sobre las flores que crecen casi al ras del suelo. Le recuerdan a los cabellos despeinados, salidos de la severidad de un moño perfecto. Como sus mechones que ahora oscilan, blanquecinos y casi quebradizos, mientras trabaja en su jardín.

El sonido de las cigarras hacía más latente el calor de aquella tarde de verano. Gerardo y Julián estaban sentados detrás de los aparejos de labranza. Habían robado pan y miel, aprovechando que Nuela descansaba para dejar pasar las horas de más calor.
-¿No decías que con este calor Julita se volvía a su casa?
-Estoy convencido de que no aguanta otro mes de agosto con esta chicharra. ¿Has visto lo blanca que es?
-Sí, ¿y lo colorada que se pone cuando le da un poco el sol?- Julián se relamió el dedo índice antes de que la miel se deslizara y cayera al suelo – Mi madre dice que esta tierra no está hecha para las señoritas inglesas.
-¡Y es que no lo está! Julie Groucott debería volverse a Londres a tomarse su dichoso té con pastas. ¡Estoy harto de sus estúpidas clases!- Gerardo se puso en pie de un salto y, contoneando sus caderas, comenzó a imitar a su maestra- “Mr. Gerard, listen to me, please. If I say Peter eats some bread…”
-¡Niño, cierra ahora mismo esa bocaza que Dios te ha dado, si no quieres que te deje las posaderas inservibles para los próximos meses! ¿Qué diría tu madre si te viera comportándote se esta manera? ¡Sinvergüenza! ¡Esta no es la educación que tu señor padre te ha dado! Y tú, gandul, deja de comerte nuestra miel, ¡anda y que te alimente tu madre!- Manuela apareció de improvisto, agarrando de una oreja a Gerardo, mientras Julián se escabullía como alma que llevaba el diablo.

La Señorita Groucott atusa con esmero las flores de lavanda que impregnan de delicioso olor sus manos. La tormenta de verano que cayó la semana pasada, ha arruinado alguna de las esbeltas y altas ramas de las flores. La lavanda siempre ha sido una de sus plantas favoritas para el jardín. Consiguió incluso que creciera en esa tierra castigada por el calor del seco verano español. A Manuela le gustaba. Al Señor le gustaba. Hasta llegó a gustarle a Gerardo... Aspira la fragancia de sus manos, mientras obvia las venas hinchadas y cubiertas por una piel frágil y envejecida. Todo se vuelve lavanda.

Gerardo entró como una exhalación en cocina.
-¿Dónde está la Señorita Groucott?
-¡Ay, niño, mira que te he dicho que ya estoy vieja y que me vas a matar de un susto cualquier día de estos!
-Nuela, déjate de palabrería. ¿Dónde está la Señorita Groucott?
-Ya sabes que se avecinan tiempos difíciles y que no era seguro para ella quedarse con nosotros. La Señorita Groucott ha vuelto a su casa, a Londres. Se fue temprano, esta misma mañana. Su tren partía de la capital a la hora de comer.
Gerardo se quedó mudo ante la gran mesa del centro de la cocina. Hacía tiempo que había dejado de sentarse en ella balanceando las piernas. Ahora apoyaba sus dos puños cerrados sobre la superficie lisa e impoluta.
Manuela se acercó a el y le sujetó la cara con su mano regordeta y castigada por tantos años lavando ropa en el río.
-¡Oh!, ¿a qué viene ese silencio?- le obligó a mirarla a los ojos- Vaya, vaya… ¿no será, niño, que ya empiezas a ser un hombrecito?... Sí, sí, no me lo niegues, tu corazoncito hace tilín por la Señorita Groucott…
-Déjame en paz, vieja Nuela, ¿qué sabrás tú? – Gerardo le dio un manotazo para librarse de su férrea mano. Salió de la cocina con el mismo ímpetu con el que había entrado.
-Sé más latín que el Señor cura, niño, más latín que el cura…

La Señorita Groucott recoge las herramientas del jardín y, junto con los guantes desgastados y ennegrecidos por la tierra, las deposita en una cesta de mimbre. Su espalda, curvada mientras prodigaba sus cuidados a las flores, tarda en responder a su nueva y erguida postura. Da los primeros pasos de camino a la casa con un lento balanceo. El sol se pone tras los árboles que delimitan el final de su jardín. Pero no es un sol como el de España. Hoy tiene los recuerdos de aquellos años en la punta de la lengua. Incluso siente añoranza del beato silencio de las reuniones de las mujeres del pueblo los domingos por la tarde y del sol abrasador del verano. Llegó allí huyendo, aunque quiso vestirlo con un desinteresado acto de ayuda fraternal hacia la familia española de su prima fallecida. Y huyendo cerró sus días allí, ante la amenaza de una guerra que tornó los silencios de los domingos es agujeros negros llenos de miedo y desconfianza. No había vuelto nunca más a España. Ya no quedaba nadie allí que se esforzara en parecer más refinado y educado para impresionarla. Y sin embargo nunca había dejado de huir de aquel calor con el que vivió sus últimos días en España.

4 comentarios:

  1. Que te voy a decir... es perfecto, exquisito. No me extenderé más, voy a apuntarme al paro ;)

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  2. Atrevida Sra. Groucott.

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  3. Tendría que haber comentado tu relato antes, lo siento... pero es que me ha gustado tanto que no quería escribir aquí cualquier cosa.

    Sólo quiero decirte que me has hecho disfrutar como un niñito. Tu relato es magnífico, todo está en su sitio: descripciones ambientales, diálogos, saltos en el tiempo... y me fascina el personaje de la señora Groucott porque obtenemos dos perspectivas distintas del personaje: la intimista, nostálgica, que trabaja en su jardín, y la exótica y atractiva que hace que Gerardo salte de la niñez a la adolescencia.

    Muy, muy bueno, MV... ¡GRACIAS por este maravilloso relato!

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  4. Muy bueno,¿de dónde lo has sacado? Tienes ideas de bombero, y no doy a basto para apagarlas!

    Por cierto, se comenta en la city que la Sra. Groucott emigró hace un par de años a América, concretamente al barrio de Brooklyn, en el estado de Nueva York. Por lo visto sus antepasados son de allí, y ella quiere morir donde lo hicieron sus padres. Ha comprado un ático con los ahorros de toda su vida, que tiene una enorme terraza que ya ha llenado de flores y plantas, como si de una jungla se tratara. Y toda la terraza se ve verde, verde color TON....y en octubre todo se llena de una especie de óxido, del óxido del otoño, del óxido de octubre...

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