Natalia sorbe el gazpacho de la cuchara de acero inoxidable. Le ha echado agua y ninguna guarnición. Porque el gazpacho le repite. Coge un trozo de pan y comienza a comerlo con la mirada perdida, mientras las migas caen sobre el cuenco lleno del líquido aguado. Mastica con la boca semiabierta. Si en el comedor no hubiera ese zumbido, mezcla de conversaciones sobre trabajo, risas, algún que otro timbre de móvil y la televisión de fondo, el resto de los comensales escucharían el sonido de la bola de pan chascando entre sus molares y mezclándose con la saliva.
Natalia quiere ser agraciada. Quiere ser estética. Quiere elegancia. Quiere meterse en uno de esos cuerpos estilizados de los anuncios. De las películas. Casi cada tarde, al salir del trabajo, termina entrando en alguna gran cadena internacional que desperdiga la moda por la ciudad a un coste más que accesible para bolsillos como los suyos. Siempre se lleva a casa alguna nueva versión del jersey que ya compró la semana anterior. U otros pantalones casi idénticos a los que estrenó hace ya tres días, pero que tienen unas pinzas en la cintura porque se han vuelto a poner muy de moda. Sea cual fuere la nueva adquisición, se la pone siempre al día siguiente, sin otorgarle al deleite del estreno ninguna dilación. Natalia se niega a si misma lo efímera que es la sensación que le proporciona cada estreno acerca de tener estilo y sentirse guapa. Ella no reconocerá nunca que es una sensación que sólo puede disfrutar desde que se viste por las mañanas hasta que llega a la oficina. Porque según entra en el edificio donde trabaja, comienza a comparar su elección con la de otras compañeras, que jamás sorben el gazpacho de la cuchara de acero.
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Pero bueno.
ResponderSuprimir¡Pero bueno!
Dejen de frotarse los ojos y de pellizcarse... ¡es real!
¡Nunca Contentos ha vuelto!
Esta "Natalia" sufre de un síndrome muy extendido en nuestros tiempos que corren. De hecho, es un personaje tan creíble que me pregunto si te habrás sentido inspirada por alguien que conoces y que tienes cerca... digamos, ¿una odiosa compañera de trabajo?
ResponderSuprimirY me ha encantado la conclusión final que le has dado. Porque el peor mal de Natalia es que está condenada a comprar adornos y baratijas con los que, fútilmente, intente encubrir su vulgaridad.
¡Abrazos!
Ha vuelto.
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