Los aplausos que emite el televisor se mezclan con la risa del hombre que se encuentra sentado en el sillón. Los reposabrazos están desgastados. La risa suena entrecortada, como el rebuzno de un cuadrúpedo pulgoso y el silbido de unos pulmones llenos de humo. El hombre es joven. Su aspecto es descuidado.
-Payaso, deja de reírte como un animal, ¡joder! ¿Es que no te han enseñado educación?
-Pero es que está muy graciosos, tío, en serio, ven a ver esto.
El otro hombre está sentado a una mesa. De formica. Descascarillada prácticamente por todo el borde ennegrecido. Redonda. El humo del cigarro que está fumando se arremolina por su pelo canoso. Suficientemente largo para rasgar la columna de humo gris que se eleva hasta el techo. Suficientemente corto para no crear mechones ensortijados.
La habitación se queda en silencio. La televisión da una tregua y entre ellos no se producen más intercambios verbales.
El sonido del centrifugado de una lavadora llega desde la ventana abierta de la cocina. Que está a oscuras.
De nuevo risas a medio rebuzno silbante.
-Payaso.
-Déjame en paz, capullo.
- Que te…
El teléfono móvil se enciende. Su pantalla parece blanquecina desde donde el hombre del sillón está sentado. La vibración lo hace moverse sobre la superficie lisa y casi sin brillo de la mesa redonda. El zumbido vibrante se mezcla con el sonido del tono. Es como el de un teléfono antiguo. Aunque tal vez más disonante.
-¿Si?
El hombre del sillón deja de mirar la pantalla de la televisión que hace reflejarse distintos tipos de luces sobre sus retinas. Mira a su compañero.
-¿Cómo?
El humo del cigarro ondea sin mezclarse ya con el pelo canoso. El hombre sentado a la mesa se ha echado para atrás, haciendo crujir el respaldo de la silla.
-Pues me da lo mismo cómo, pero ya lo estáis encontrando, tú y la panda de payasos inútiles que tienes como ayudantes. Porque yo te voy a moler a hostias. Pero él te va a cortar los huevos.
El móvil se estrella sobre la formica de la mesa. La ceniza del cigarro se cae dentro del cenicero mugriento y el humo rompe su homogénea ascensión.
-¿Qué pasa tío?
La última calada extiende el humo blanquecino por la habitación, alcanzando al hombre del sillón. Una mano furiosa pero con movimientos pausados, aplasta la colilla sobre el montón de ceniza petrificada.
-Se ha escapado.
-¡No jodas!
-Cuando han llegado al piso, no estaba. Simplemente no estaba. Y se atreve a decirme que no lo encuentran. ¡Cómo si pudieran permitirse no hacerlo! ¡Payasos!
-Esta vez si que la han cagado…
-Les voy a moler a palos. Estoy hasta los huevos de esta panda de inútiles.
El hombre sentado a la mesa se reclina sobre ella y con la mirada perdida, comienza a reírse. Su risa es ronca, pausada. Como el ronroneo de un gato viejo.
-Tío, ¿de que te ríes?
Las pupilas del hombre se empequeñecen. Enfocan a la figura sentada en el sillón.
-Les ha dejado una nota. Un papel firmado. Steve McQueen pone. Steve McQueen… ¡Será cabrón!
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Steve McQueen es bastante cabroncete, pero no deja de ser un santo comparado con el jefe de la banda, un tal Dillinger...ese sí que es chungo!!
ResponderSuprimir¿Qué fue de ti, Marina? Yo y otros muchos te echamos de menos.
ResponderSuprimirEspero que vaya todo bien. Un besazo.