lunes 14 de septiembre de 2009

Fichas en el tablero.

Dolor de cabeza. Busca las fichas y forma la palabra sobre el tablero. Headache.
-No vale.
-¿Por qué?
-Porque tienes que decidirte en qué idioma quieres jugar. No puedes formar primero la palabra “quebranto” y que ahora me salgas con “headache”.
Mira las fichas de color hueso. Será por el dolor de cabeza por lo que no se concentra. Debería haberse tomado algo más fuerte; el paracetamol esta vez no le va a ayudar en nada.
-Eso tampoco vale.
-¿El qué no vale?
-El movimiento que acabas de hacer. El alfil sólo se mueve en diagonal.
Mira el tablero. ¿A qué estábamos jugando? Contempla el alfil, de color hueso, que recoloca en el escaque correcto. Percibe como su contrincante asiente con la cabeza. Aunque por cómo continúa mirándola, ya sabe que ella perderá la partida. No sabe jugar al ajedrez y ese maldito dolor de cabeza no le va a permitir pensar con claridad.
-¿Quieres un café?
-Eh… Bueno, sí, ¿por qué no? Aunque yo nunca tomo.
-Lo sé, por eso he preparado una cafetera antes de que vinieras.
Con las piezas que descansan fuera del tablero puede formar la palabra cafeína. Cierra los ojos. Empieza a sentirse mareada. ¿Por qué nada tiene sentido?
-¿Lo vas a querer solo o con leche?
Abre los ojos.
-Solo. Pero con mucho azúcar. Creo que me estoy mareando.
Escucha el tintineo de la taza sobre el plato. Escucha el café vertiéndose en la taza y huele su aroma. El fluir del líquido oscuro parece hipnotizarla. Contempla las pompas que se forman alrededor de las paredes de la taza. El nivel del café comienza a subir muy rápido y termina desbordándose.
-Estás… El café… Se ha salido.
-No te preocupes, ahora viene Mosh y lo limpia.
-¿Quién es Mosh?
-El gato.
Se sienta de nuevo frente a ella y sorbe el café con una tranquilidad pasmosa. Ella no se atreve a tocar su taza, que reposa en un charco negro a punto de salirse también del plato.
-Ya tiene azúcar, no te preocupes por removerlo, que no se saldrá más.
Levanta su taza y bebe. Hacía mucho tiempo que no tomaba café. El sabor es dulce, como los caramelos de crema de café. El primer sorbo, rápido y corto, le sabe delicioso. Comienza a beber más deprisa. Pero de repente se para. Prefiere condurarlo. Está demasiado bueno como para terminarlo de un trago.
-No te quedan demasiadas fichas. Vas a tener que esforzarte. Y recuerda que sólo puedes saltar con el caballo.
Mira de nuevo sus fichas: equino. ¿Pero no era cafeína hace unos minutos?
Sin saber de dónde ha salido, un hermoso gato gris se pasea por el borde de la mesa, directo hacia su taza rebosante. No hace ningún sonido. Su cuerpo parece ingrávido. Extremadamente elegante. Es tan hermoso que parece irreal. Su pelaje ondula con los movimientos de sus patas. Es gris. Como la ceniza. Y sus ojos son verdes. Imponentemente verdes. Como las esmeraldas, aunque ella intenta buscar otra comparación, porque nunca le ha gustado la expresión “verde esmeralda”. El felino comienza a lamer el café de su plato. Y ella no puede evitar arrepentirse de no habérselo bebido de golpe. Ahora no se atreverá a beber lo que quede en la taza, si es que queda algo, porque el gato hace desaparecer el café rápidamente con su rosada y fina lengua.
-Le encanta el café.
-Ya veo.
El cuerpo del gato le impide ver las fichas que tiene reservadas para la siguiente palabra. Contempla todas las que quedan en el tablero. Son sus alfiles de color hueso y la reina negra de su contrincante. Comienza a buscar en su mente palabras relacionadas con el ajedrez. ¡¿Por qué no prestaría más atención cuando le intentaron enseñar a jugar al ajedrez?! Enroque. ¡Pero si no hay torre!, ¡menudo disparate!
-No te preocupes.
Mira fijamente a su contrincante, que no ha abierto la boca.
-¡Psch!, aquí, soy yo. He dicho que no te preocupes.
Es el gato quien le habla. No puede creerlo. El dolor de cabeza debe de estar alcanzando cuotas inauditas. Aunque si lo piensa, parece haber remitido a un leve zumbido en los oídos.
-No te preocupes por ella. No merece la pena. No tenéis el mismo orden de prioridades. Tú crees que últimamente no compartíais muchas cosas. Sin embargo lo que debes comprender es que nunca compartisteis ninguna. Ella no es la persona que creíste conocer. Porque la que conociste, era sólo la imagen que generabas tú reflejada en ella. Como un espejo. ¿Lo entiendes?
-Yo… Sí… Comprendo, pero tú… ¿Cómo lo sabes?
-Yo sé muchas cosas porque me bebo vuestros cafés.
Claro, tiene sentido.
-Te toca formar palabra. Es tu turno.
Su contrincante la mira desde el otro lado de la mesa. Espera una gran respuesta. Que ella probablemente no puede proporcionarle porque no le quedan demasiadas fichas. El gato se retira de la taza de café, que ha dejado totalmente vacía y reluciente, como si jamás hubiera contenido líquido alguno. Entonces contempla un montón enorme de fichas. Cientos de letras. Numerosas vocales. Innumerables consonantes. Tiene para elegir. Para formar la palabra que quiera. Para escribir frases. Párrafos. Páginas.
-Es que…
-¿Qué?
-Que no lo entiendo. No tiene sentido.
-¿No?
-No.
-Por eso ella no debe preocuparte.
Ya no es capaz de distinguir quien de los dos le habla; si es su contrincante quien le dirige esas palabras, o el gato que se ha tumbado a su lado de la mesa para lamerse una de las patas delanteras.
-No te preocupes. El dolor de cabeza se pasará. Estás soñando.

2 comentarios:

  1. Dolor de cabeza, café y gatos que hablan? Me he sentido identificada jaja. Buen texto mv ^^

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  2. Lo que más me ha gustado ha sido la manera con que has sabido ver el lado cómico en un sueño que (eso creo) no te traía a la cabeza algo -o alguien- agradable. Siempre me siento agradecido de poder leer mini-relatos que me interesen, sorprendan y entretengan a partes iguales. De modo que chapeau, mademoiselle MV.

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